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Carta a mis hijos: Valores

Mi adorada Luli:

 

Te han interesado mis comentarios sobre la mujer y me pides que profundice. Quieres saber si, realmente, creo que hay igualdad de género, un tema de mucha actualidad. Sí creo que los hombres y las mujeres son iguales en derechos y obligaciones, por lo cual debemos luchar para que esta condición de igualdad se respete día a día, sin excepción. Pero, por otro lado, lo que más me preocupa son las mujeres indefensas, que quedan solas con sus hijos, y que sufren violencia.

Tu adolescencia, que ya termina, fue en un mundo en el que la mujer ganó espacios y, con justicia, reclama para sí un lugar similar al del hombre.

Cuando yo tenía tu edad, la mujer había ganado ya muchos espacios políticos y sociales, pero aún mantenía un lugar secundario –no en la familia, donde tiene un papel de primer orden- pero sí en el mundo social y del trabajo.

Con el andar del tiempo, y, desde mi experiencia personal, he tenido muchas ocasiones para comprobar que la mujer puede ocupar cargos de alta responsabilidad sin por ello relegar su papel de madre y esposa. Tampoco los hombres dejan de ser buenos padres y esposos por su trabajo.

En todo caso, puede haber hombres y mujeres que abandonen sus obligaciones en la familia por atender el trabajo, lo que repercute muy negativamente en los hijos.

En mi vida laboral he conocido a mujeres que han sabido mantener estos equilibrios. Sin duda que tienen un enorme mérito.

Tú has conocido a Carmen de García, quién trabajó conmigo por cerca de 25 años y culminó su carrera como primera vicepresidenta del banco. Es una mujer muy inteligente y honesta que nunca ha descuidado sus sentimientos y obligaciones de madre y de esposa, y supo cumplir a cabalidad con sus tareas profesionales.

Es éste un buen ejemplo de que las mujeres son tan capaces como los hombres y, te diría, además, que suelen ser más honestas.

Esta experiencia de contar como segunda a bordo a esta mujer por 25 años, mucho me ha influenciado en dejar de lado cualquier machismo, que es un sentimiento habitual en nuestra cultura.

Yo era muy joven cuando conocí a Carmen y ella ya tenía una carrera detrás. Había trabajado en el Citibank y era vicepresidenta de Cofiec, donde la había conocido.

Cuando Finansur ya estaba en marcha y compramos el Banco de Guayaquil fui a verla. Había pensado en ella para que se integrara al equipo directriz porque necesitaba alguien de su experiencia y solidez.

El día de la entrevista me hizo esperar un rato. Cuando le dije la razón de mi visita me confesó que había pensado que era yo quien iba a pedirle un empleo.

Hicieron falta varias conversaciones para convencerla y que se integrara a un proyecto que recién comenzaba. Le expliqué que mi intención era llevar adelante un proceso institucional y no personal; el concepto de banca moderna que manejábamos, de dedicación exclusiva y de defensa al cliente; la fusión que planeábamos para crear un nuevo tipo de banco y la necesidad que teníamos de contar con alguien de su nivel y su forma íntegra de trabajar.

Finalmente la convencí. Le dije que tenía un problema que solo ella podía resolver: que tenía un cargo como vicepresidenta de Cofiec, una entidad consolidada en la plaza, a cuyo frente tenía un jefe de 60 años con una larga e importante trayectoria en la actividad financiera y que yo le ofrecía trabajar al lado de alguien mucho más joven, que recién se iniciaba en este rubro, y que la invitaba a participar en un proyecto nuevo en el que ella tendría un peso fundamental en su éxito.

“Decídalo usted, porque la invito a ser protagonista del desarrollo de una financiera y a dejar de ser la funcionaria de un proyecto donde usted tendrá, sin duda, menos peso en su destino”, le dije.

La invalorable Carmen, a la que guardo mucha gratitud, no fue la única mujer que he visto destacarse en la vida profesional al mismo nivel de cualquier hombre.

Nina Pacari, que fue canciller del presidente Lucio Gutiérrez, es una dirigente indígena extremadamente capaz, abogada, a quién conocí en el proyecto de UNICEF del Observatorio Ciudadano de los Derechos de los Niños y Adolescentes.

Nuestro primer encuentro fue en un tenor casi agresivo.  “¿Qué hace un banquero sentado aquí preocupado por los niños y adolescentes?”, me disparó.

“Te equivocas”, le respondí. “La salud y el cuidado de los niños y los adolescentes no es el patrimonio de las mujeres o de las personas de izquierda. Yo también soy un ser humano. Tengo cinco hijos y siento y me preocupo con lo que sucede con los niños en la sociedad. No veo razón a tu cuestionamiento”.

Y agregué: “Podía decirte: ¿Qué hace una dirigente indígena de izquierda sentada en la sala de directorio de un banco? Pero esto sería un prejuicio imperdonable. Estamos sentados dos seres humanos a los que nos une la preocupación por el futuro de los niños y adolescentes del Ecuador”.

Allí comenzamos una muy buena relación y colaboramos con el objetivo del programa de UNICEF.

Como vez, hija, también a veces hay que derrumbar prejuicios feministas. No fue la única vez que tuve que hacerlo.

Y si hablamos de mujeres, no puedo dejar de mencionar a tu madre. Tú bien sabes lo importante que es para mí compartir reflexiones y decisiones con ella, a quien escucho más de lo que ella misma imagina.

Claro que los ecuatorianos debemos dejar de lado nuestro machismo para honrar a las mujeres.

Creo que hoy el debate sobre el papel de la mujer, que se desarrolla en nuestro país y en todo el mundo, no es una cuestión de élites. Va mucho más allá. Es un debate necesario para resolver problemas internos en la familia.

He conversado con muchas mujeres ecuatorianas pobres. Su problema es el abandono de sus maridos y los padres de sus hijos a su suerte y la violencia de la que muchas veces son objeto por parte de los hombres.

El hombre que no encuentra un empleo, se frustra porque no puede sostener a la familia, desahoga su frustración en el alcohol, ejerciendo violencia contra la mujer y eso es inaceptable, no se justifica bajo ningún concepto.

He escuchado historias muy duras de violencia verbal, hostigamiento psicológico, discriminación y violencia física, llegando incluso a la agresión sexual contra la mujer y hasta en contra de los hijos.

A todos nos falta tomar conciencia sobre este fenómeno en el que se inscribe, dolosamente, la situación de las madres solteras.

Comprendo su enojo frente al hombre que la abandonó, su resentimiento frente a la actitud desleal del hombre que las deja solas para que se encarguen de sus hijos.

Esta no es una situación excepcional: sin duda que es indispensable fortalecer la estructura legal para obligar al hombre a cumplir con sus obligaciones frente a la mujer y los hijos.

Además son necesarios mecanismos de apoyo a esas madres solas para que puedan desarrollar emprendimientos que les permitan llevar adelante actividades productivas y que puedan atender su propio hogar, porque la vida las puso en el doble papel de madres y padres.

Recuerdo el caso de Edith Vélez, a quien conocí en Quevedo, en el barrioLa Laguna, durante una gira de los Bancos del Barrio.  Vive en una casa de caña y tablas, al lado de una laguna fértil para los mosquitos.

Fui a verla en su hogar: dos pequeños ambientes uno encima del otro, unidos por una frágil escalera.

Edith tiene siete hijos, cinco de los cuales están a su cargo. Su marido la abandonó, formó otra familia y no le aporta un centavo.

Me contó que su mayor problema es que está en la central de riesgos porque no pudo pagar las cuotas de una refrigeradora que compró por 20 dólares al mes.

Le pedí que abriera la refrigeradora: solo había unas piltrafas de carne, casi todo grasa, una cebolla colorada, unas hojas de lechuga y una funda con agua en el congelador.

También había comprado una cocineta a gas para iniciar un negocio de papipollo en el centro de Quevedo. Pero los transportistas no llevan la cocineta y la bombona de gas, y Edith no tiene para pagar una camioneta. No pudo iniciar su negocio.

Es necesario construir una propuesta para las muchas Edith que tiene Ecuador. Quizá una solución sea crear en el Banco Nacional de Fomento una división especial para las madres solteras, que entienda su realidad y construya facilidades de crédito, y les de capacitación y orientación.

No creo inventar nada: ya existen en muchas partes del mundo este tipo de sistemas de microcrédito y dan resultado y la gente que los recibe tiene muy baja morosidad. Éste no es un negocio bancario, es una política social, pero puede ser sustentable.

Quienes se quejan, a veces, por pagar muchos impuestos lo harían menos si pudieran ver que esos impuestos llegan a Edith Vélez y a otras mujeres en su situación, pero yo pude comprobar penosamente que esto no es asi, que los impuestos que el estado cobra no llegan a ella.

Como ves, hijita, la igualdad de la mujer no es solamente una cuestión del machismo de los hombres, de los cupos de cargos y posiciones en las listas de asambleístas, de que ganen lo mismo que los hombres en el trabajo, planteamientos con los que estoy de acuerdo. Lo verdaderamente grave es la situación de estas mujeres desprotegidas y las soluciones que ellas necesitan. Para ello, debemos comenzar a fortalecer una sociedad que garantice los derechos a hombres y mujeres y, en esto, la educación es fundamental.

Sigamos pensando en esto, mi querida Luli.